Carta abierta a Mariano Rajoy y Carles Puigdemont

​Sí, este es un blog sobre literatura infantil. Sin embargo, esta semana, como acto de protesta por la grave situación que estamos viviendo en Catalunya, voy a hablar de política. Mi idea es que esta sea la primera y última vez que lo haga.

La política y el tema que nos ocupan son espinosos, lo sé, pero esta situación es muy frustrante. ¿Para qué nos esforzamos tanto en escribir y fomentar la literatura infantil, que lucha por trabajar valores fundamentales como la convivencia y el respeto mutuo, si después nuestros representantes se olvidan de ellos?

Lo sé, esta pregunta tiene muchas respuestas, y una de ellas es que hay que seguir trabajando en lo que creemos. Nubícolas seguirá fomentando la lectura infantil, pero hoy se queja. No pretendo iniciar un debate, tan sólo quiero expresar mi humilde opinión.

Así pues, he escrito una

Sí, este es un blog sobre literatura infantil. Sin embargo, esta semana, como acto de protesta por la grave situación que estamos viviendo en Catalunya, voy a hablar de política. Mi idea es que esta sea la primera y última vez que lo haga.

La política y el tema que nos ocupan son espinosos, lo sé, pero esta situación es muy frustrante. ¿Para qué nos esforzamos tanto en escribir y fomentar la literatura infantil, que lucha por trabajar valores fundamentales como la convivencia y el respeto mutuo, si después nuestros representantes se olvidan de ellos?

Lo sé, esta pregunta tiene muchas respuestas, y una de ellas es que hay que seguir trabajando en lo que creemos. Nubícolas seguirá fomentando la lectura infantil, pero hoy se queja. No pretendo iniciar un debate, tan sólo quiero expresar mi humilde opinión.

Así pues, he escrito una


CARTA ABIERTA A MARIANO RAJOY Y CARLES PUIGDEMONT

Señores Presidentes,

Llevo unos cuantos días en un estado emocional alterado, que finalmente he conseguido concretar en: frustración, conmoción y profunda preocupación. No tengo ninguna duda de que imaginan qué lo ha provocado, pero permítanme, por favor, que les explique igualmente los motivos y a qué conclusiones me llevan.

Nací en Barcelona, donde he vivido casi toda mi vida. Dos de mis abuelos eran andaluces, mi marido es valenciano, mi cuñada es castellanomanchega y mi cuñado es mallorquín con unas profundas raíces familiares en Galicia. Y nos llevamos todos estupendamente.

Cuando la petición de independencia de Catalunya empezó a coger fuerza, seré sincera, me interesó muy poco. De hecho, más bien me irritaba. Me parecía oportunista y desviaba la atención de cuestiones que, en ese momento, a mí me preocupaban bastante más: crisis económica, corrupción, recortes en sanidad, educación, y un largo etcétera. Seguro que ya saben a qué cuestiones me refiero.

A pesar de todo, me parecía válida y razonable la petición de una votación para que la población se expresara sobre el tema.

Y aquí es dónde empieza mi frustración. Les avanzo que ustedes dos son los representantes actuales de los “equipos” que me han generado esta frustración, de ahí que les escriba esta carta.

Según el diccionario de la Real Academia Española, la democracia es la “forma de gobierno en la que el poder político es ejercido por los ciudadanos”. Entiendo que este es el motivo por el que votamos a nuestros representantes, y no me parece descabellado deducir que, por lo tanto, es válido plantear votaciones para otras cuestiones de vital importancia, como es una modificación de la Constitución Española, aprobar la Constitución Europea o expresar la opinión sobre una posible separación política de territorios.

Por lo tanto, señor Rajoy, le confieso que no comprendo la negativa de su Gobierno a permitir esta expresión oficial de una opinión. Si analizo sus acciones, me temo que sólo consigo llegar a la conclusión de que es una manera de continuar con su estrategia de captación de votos, que consiste en crear un supuesto enemigo para unir a la mayor parte de la población ante un mal común. Le soy sincera: como catalana, mi sensación es que los últimos años los catalanes hemos sido uno de sus principales enemigos. Qué quiere que le diga, no me ha hecho demasiado feliz, más que nada porque todavía no sé qué le he hecho yo a usted para que parezca tenerme tanta manía. En cuanto a la estrategia de negar una vez sí y otra también la posibilidad de un referéndum, parece mentira que, como político, no tenga presente una verdad básica del comportamiento humano: cuanto más te niegan algo sin una justificación convincente, más lo quieres.

Por otro lado, señor Puigdemont, debo decirle que no estoy de acuerdo con cómo ha hecho las cosas la Generalitat. Puede que hayan intentado dialogar con el gobierno del señor Rajoy, pero no creo que agotaran todos los recursos antes de emprender la vía de un referéndum no pactado y una Declaración Unilateral de Independencia. No entiendo de caminos institucionales, pero estoy segura de que había más posibilidades. Requerían más tiempo, claro. En cualquier caso, usted sabía cuál iba a ser la reacción del actual Gobierno central, que no se ha salido de su ruta, convirtiendo a España en un enemigo perfecto para ganar adeptos a su causa. Sí, al final esta es mi sensación: los dos se han valido de la misma estrategia, la de crear un enemigo común.

Señores Presidentes, la verdad es que me molestan tanto los mensajes de “las afrentas de los catalanes”, “si vas a Catalunya sólo te hablarán en catalán”, como los de “España nos roba” o el “España nos pega” que he visto estos días. Todos ellos son fáciles, simplistas y una falta de respeto hacia muchas personas que, obviamente, se sentirán ofendidas.

Corríjanme si me equivoco, por favor, pero entiendo que como políticos que aseguran defender la democracia, su obligación también es fomentar la convivencia entre ciudadanos. Sin embargo, ambos han utilizado la estrategia del “otro”, del enemigo, porque es la manera más fácil de conseguir seguidores.

Obviamente, la culpa no es exclusivamente suya. A mi entender, hay muchas y muchas personas que se han dejado convencer por unos argumentos que apelan a la emoción, a un instinto de supervivencia primitivo, y no a la razón. No puedo negar que lo entiendo, porque cuando ves y escuchas ciertas cosas cuesta mucho que prevalezca la razón. Es mucho más fácil enfadarse que desenfadarse. En todo este proceso del independentismo, yo a veces he necesitado horas o incluso días para analizar fríamente algunos hechos o palabras.

Espero pues que comprendan mi frustración de estos últimos tiempos. Si en una democracia el poder político es ejercido por los ciudadanos, me parecía incomprensible la negativa a la celebración de un referéndum pactado en el que la ciudadanía pudiera expresar una opinión. A la vez, no estaba de acuerdo con los mecanismos usados para convocarlo. No me gustaba encontrarme en esta tesitura.

Finalmente, después de muchas dudas, decidí participar en el referéndum votando en blanco como un acto de protesta hacia sus respectivas posturas. Y, aunque me pese, creo que desgraciadamente el referéndum no ofrece suficientes garantías: votos requisados, alguna votación en la calle, voto manual, al parecer existía la posibilidad de ejercer un voto doble.

Desde el día 1 de octubre no estoy sólo frustrada, también estoy conmocionada.

Obviamente, el motivo de mi conmoción son las cargas policiales, que no tienen absolutamente ningún tipo de justificación en un estado que dice ser democrático. Los agentes de antidisturbios no emplearon la violencia contra personas que amenazaban con ponerse violentas o ya lo habían hecho, eran personas que estaban sentadas o de pie. Debo decírselo, señor Rajoy, y permítame que aquí sea un poco tajante, pero es una vergüenza. Porque, señor Presidente, usted, su partido y sus socios dijeron por activa y por pasiva que no iban a reconocer un referéndum que está fuera de la ley. Así que, si fuera cual fuera el resultado no lo iba a aceptar como válido, ¿qué necesidad había de impedir la votación empleando la violencia contra personas en clara actitud pacífica que, recordemos, sólo pedían votar para poder expresar una opinión? No estaban en proceso de separar Catalunya de España, estaban en proceso de expresar una opinión. A mi humilde entender, la orden dada a los agentes de policía evidencia muy poca coherencia, así como una manera de proceder que se preocupa más por su imagen de poder que por la ciudadanía.

Y después de esta conmoción sigue la frustración, porque por más que lo intento hay muchas cosas que no comprendo (sólo es una manera de hablar; en realidad, entiendo perfectamente de dónde surgen y qué persiguen).

No comprendo que su Gobierno, señor Rajoy, se empeñe en negar la celebración del referéndum. Yo estuve allí, y dentro de la legalidad o no, se celebró. ¿Por qué negar su existencia? ¿No sería más cercano a la verdad admitir su celebración pero negar su validez legal?

No comprendo que haya quién siga hablando de minoría para referirse a los más de dos millones de personas que están a favor de la independencia. Además, hay muchas más personas que están a favor de celebrar un referéndum legal y pactado.

No comprendo que se acuse de seguir tácticas nazis a las personas que fuimos a manifestarnos para protestar por la innecesaria violencia policial. Igual que cada vez que se intenta vincular a los partidarios de la independencia con el terrorismo, son acusaciones muy graves que sólo buscan lo que he señalado antes, crear un enemigo. No lo haré aquí porque extendería la carta de forma exagerada, pero recomiendo acudir de nuevo al diccionario de la Real Academia Española y buscar los términos “nazi” y “terrorismo” y analizar seriamente qué tienen que ver con los independentistas catalanes o manifestantes pacifistas.

No comprendo que, para justificar la violencia empleada contra personas que estaban sentadas en el suelo, se hable de “mantener los derechos y libertades de los españoles”. Por más que lo intento, no consigo ver una relación entre una separación política de territorios y que todos los españoles puedan ejercer derechos básicos como la libertad de expresión, libertad ideológica y religiosa, a moverse por el territorio nacional o tener derecho a la libertad y la seguridad, por poner sólo algunos ejemplos.

No comprendo que haya señores que se dediquen a difamar las escuelas de Catalunya afirmando que en ellas se enseña a odiar a España. Dudo que quien hace tales afirmaciones haya puesto nunca un pie en una escuela de Catalunya, pero yo sí, y puedo asegurar que, a mí, en la escuela, nunca me enseñaron tal barbaridad. Y que en la escuela de mi hijo tampoco enseñan a odiar. Ni a España ni a nadie. En realidad, se esfuerzan por inculcar unos valores de convivencia que, estos días, algunos se están cargando de un plumazo.

Disculpe, señor Rajoy, si mis siguientes palabras resultan muy críticas y no le gustan, pero necesito ser franca con usted: me molesta profundamente el lenguaje que usted, su partido y sus socios utilizan. Se trata de un lenguaje simplificador, que tergiversa expresamente la realidad y que sólo busca lo que antes mencionaba: crear un enemigo.

También me frustra hasta límites insospechados, señores Presidentes, que lo único que hagan ustedes y sus socios después de lo ocurrido sea culparse mutuamente. Los dos han jugado a la estrategia de crear un enemigo y, por lo tanto, los dos son responsables. Bueno, señor Rajoy, no puede negar que, como máximo representante de su partido, la responsabilidad final de lanzar a la policía contra los votantes el día 1 de octubre es suya. Ahí, la balanza de la responsabilidad se decanta más hacia usted.  

Finalmente, me resulta especialmente descorazonador que la justicia española ningunee literalmente a los centenares de personas heridas, convirtiéndolos en un simple porcentaje. La justificación es que las acciones policiales no alteraron la convivencia ciudadana. A mi entender, más que nunca se justifica que la Justicia es ciega, porque es incapaz de ver que, después de los sucedido, a muchas personas nos va a ser difícil ver un coche de la Policía Nacional o la Guardia Civil y no tener ganas de salir corriendo. No vamos a percibir a los agentes como funcionarios que trabajan para garantizar nuestros derechos y libertades, sino por agentes que están aquí para que estemos callados al ofensivo ritmo de “a por ellos, oé”. Es una cuestión puramente emocional e injusta hacia muchos agentes de policía, pero soy consciente y admito de que me va a costar controlarla. Como he señalado, estoy convencida de que esto le va a suceder a muchas personas. A mi entender, los hechos del día 1 de octubre sí han alterado gravemente la convivencia. No puede ser que unas fuerzas de seguridad que trabajan para la ciudadanía sean percibidas como fuerzas represoras.

Para acabar, viendo el devenir de los hechos, he entrado en un estado de profunda preocupación. Los dos siguen enrocados con sus respectivos objetivos y su estrategia, y las posibles consecuencias finales me hacen temblar. Empiezo a temer que esta situación acabe provocando presos políticos, supresión de derechos fundamentales, heridos graves e incluso víctimas mortales. Y, disculpen si estoy juzgándoles antes de que suceda nada, también me temo que su reacción también será culparse mutuamente. De verdad que espero estar exagerando las cosas en mi cabeza y que nada de esto suceda. En cualquier caso, permítame que le señale, señor Rajoy, que al menos el señor Puigdemont está dispuesto a aceptar una mediación.

Mis conclusiones finales a todo esto me parecen tristes.

Señor Rajoy, resulta difícil no acabar decantándose por el sí a la independencia cuando su estrategia pasa por tratar mi comunidad autónoma como un enemigo al que reducir. Y, cuando nos quejamos, no escucharnos y enviar a agentes de policía como una arma política para asegurar nuestro silencio. Sé que hay muchos políticos y ciudadanos españoles que no están de acuerdo con usted, por lo que sé que el problema no es España, sino la manera de hacer de su partido político y otros socios suyos. Pero me consterna ver lo bien que le funciona su estrategia de captación de votos, tanto que en caso de elecciones temo que volverían ustedes a salir vencedores. Y viendo su manera de proceder, la idea de quedarse en España resulta muy poco atractiva.

Señor Puigdemont, suponiendo que finalmente consiga la independencia que tanto desean, sin duda habrá la oportunidad de construir un nuevo país, pero me temo que no me voy a sentir especialmente orgullosa o satisfecha de cómo se ha creado. Además, me temo que no voy a ser la única que se sienta así y, en el caso de las personas que no desean la independencia, su malestar será considerable y puede generar problemas de convivencia. Mi sensación es que saldremos de las Dos Españas para entrar en las Dos Catalunyas.

Que esta sea mi postura respecto al lugar donde vivo me parece, definitivamente, muy triste.

Para acabar, les planteo mi conclusión final.

Señores Presidentes, dimitan por favor. No uno para que el otro pueda presumir de haberlo hecho mejor, sino los dos. Convoquen una rueda de prensa, cuenten hasta tres y díganlo a la vez: “Dimitimos”. Han provocado una crisis sin precedentes y ya no son interlocutores válidos. Por una vez, que alguien en este país dé ejemplo y asuma sus responsabilidades. Admitan que han metido la pata, soliciten un mediador (¡por favor, señor Rajoy!) y den un paso atrás.

Después, quizá podrían dedicar sus esfuerzos a hacer algo que ninguna administración de este país ha intentado seriamente en los últimos cuarenta y un años: derribar los tópicos y prejuicios sobre unos y otros. No a través de la crítica, porque a nadie le gusta que le critiquen, y en los medios de comunicación y redes sociales es lo único que vemos, sino a través de la educación y el conocimiento.

Sé que nunca leerán esta carta. Y, suponiendo que la leyeran, me inclino a pensar que caería en saco roto, posiblemente descartada con un “las cosas no son tan sencillas”, “hay que cumplir la ley y punto” o “es la voluntad del pueblo”. Porque he descubierto, después de casi cuarenta años de vida, que en este mundo en realidad hay muy poca gente que tenga ganas de entenderse con el vecino. Es más fácil creer o hacer creer, por intereses propios, que hay un enemigo contra el que luchar.  

Atentamente,
Amèlia Mora

​CARTA ABIERTA A MARIANO RAJOY Y CARLES PUIGDEMONT

​Señores Presidentes,

Llevo unos cuantos días en un estado emocional alterado, que finalmente he conseguido concretar en: frustración, conmoción y profunda preocupación. No tengo ninguna duda de que imaginan qué lo ha provocado, pero permítanme, por favor, que les explique igualmente los motivos y a qué conclusiones me llevan.

Nací en Barcelona, donde he vivido casi toda mi vida. Dos de mis abuelos eran andaluces, mi marido es valenciano, mi cuñada es castellanomanchega y mi cuñado es mallorquín con unas profundas raíces familiares en Galicia. Y nos llevamos todos estupendamente.

Cuando la petición de independencia de Catalunya empezó a coger fuerza, seré sincera, me interesó muy poco. De hecho, más bien me irritaba. Me parecía oportunista y desviaba la atención de cuestiones que, en ese momento, a mí me preocupaban bastante más: crisis económica, corrupción, recortes en sanidad, educación, y un largo etcétera. Seguro que ya saben a qué cuestiones me refiero.

A pesar de todo, me parecía válida y razonable la petición de una votación para que la población se expresara sobre el tema.

Y aquí es dónde empieza mi frustración. Les avanzo que ustedes dos son los representantes actuales de los “equipos” que me han generado esta frustración, de ahí que les escriba esta carta.

Según el diccionario de la Real Academia Española, la democracia es la “forma de gobierno en la que el poder político es ejercido por los ciudadanos”. Entiendo que este es el motivo por el que votamos a nuestros representantes, y no me parece descabellado deducir que, por lo tanto, es válido plantear votaciones para otras cuestiones de vital importancia, como es una modificación de la Constitución Española, aprobar la Constitución Europea o expresar la opinión sobre una posible separación política de territorios.

Por lo tanto, señor Rajoy, le confieso que no comprendo la negativa de su Gobierno a permitir esta expresión oficial de una opinión. Si analizo sus acciones, me temo que sólo consigo llegar a la conclusión de que es una manera de continuar con su estrategia de captación de votos, que consiste en crear un supuesto enemigo para unir a la mayor parte de la población ante un mal común. Le soy sincera: como catalana, mi sensación es que los últimos años los catalanes hemos sido uno de sus principales enemigos. Qué quiere que le diga, no me ha hecho demasiado feliz, más que nada porque todavía no sé qué le he hecho yo a usted para que parezca tenerme tanta manía. En cuanto a la estrategia de negar una vez sí y otra también la posibilidad de un referéndum, parece mentira que, como político, no tenga presente una verdad básica del comportamiento humano: cuanto más te niegan algo sin una justificación convincente, más lo quieres.

Por otro lado, señor Puigdemont, debo decirle que no estoy de acuerdo con cómo ha hecho las cosas la Generalitat. Puede que hayan intentado dialogar con el gobierno del señor Rajoy, pero no creo que agotaran todos los recursos antes de emprender la vía de un referéndum no pactado y una Declaración Unilateral de Independencia. No entiendo de caminos institucionales, pero estoy segura de que había más posibilidades. Requerían más tiempo, claro. En cualquier caso, usted sabía cuál iba a ser la reacción del actual Gobierno central, que no se ha salido de su ruta, convirtiendo a España en un enemigo perfecto para ganar adeptos a su causa. Sí, al final esta es mi sensación: los dos se han valido de la misma estrategia, la de crear un enemigo común.

Señores Presidentes, la verdad es que me molestan tanto los mensajes de “las afrentas de los catalanes”, “si vas a Catalunya sólo te hablarán en catalán”, como los de “España nos roba” o el “España nos pega” que he visto estos días. Todos ellos son fáciles, simplistas y una falta de respeto hacia muchas personas que, obviamente, se sentirán ofendidas.

Corríjanme si me equivoco, por favor, pero entiendo que como políticos que aseguran defender la democracia, su obligación también es fomentar la convivencia entre ciudadanos. Sin embargo, ambos han utilizado la estrategia del “otro”, del enemigo, porque es la manera más fácil de conseguir seguidores.

Obviamente, la culpa no es exclusivamente suya. A mi entender, hay muchas y muchas personas que se han dejado convencer por unos argumentos que apelan a la emoción, a un instinto de supervivencia primitivo, y no a la razón. No puedo negar que lo entiendo, porque cuando ves y escuchas ciertas cosas cuesta mucho que prevalezca la razón. Es mucho más fácil enfadarse que desenfadarse. En todo este proceso del independentismo, yo a veces he necesitado horas o incluso días para analizar fríamente algunos hechos o palabras.

Espero pues que comprendan mi frustración de estos últimos tiempos. Si en una democracia el poder político es ejercido por los ciudadanos, me parecía incomprensible la negativa a la celebración de un referéndum pactado en el que la ciudadanía pudiera expresar una opinión. A la vez, no estaba de acuerdo con los mecanismos usados para convocarlo. No me gustaba encontrarme en esta tesitura.

Finalmente, después de muchas dudas, decidí participar en el referéndum votando en blanco como un acto de protesta hacia sus respectivas posturas. Y, aunque me pese, creo que desgraciadamente el referéndum no ofrece suficientes garantías: votos requisados, alguna votación en la calle, voto manual, al parecer existía la posibilidad de ejercer un voto doble.

Desde el día 1 de octubre no estoy sólo frustrada, también estoy conmocionada.

Obviamente, el motivo de mi conmoción son las cargas policiales, que no tienen absolutamente ningún tipo de justificación en un estado que dice ser democrático. Los agentes de antidisturbios no emplearon la violencia contra personas que amenazaban con ponerse violentas o ya lo habían hecho, eran personas que estaban sentadas o de pie. Debo decírselo, señor Rajoy, y permítame que aquí sea un poco tajante, pero es una vergüenza. Porque, señor Presidente, usted, su partido y sus socios dijeron por activa y por pasiva que no iban a reconocer un referéndum que está fuera de la ley. Así que, si fuera cual fuera el resultado no lo iba a aceptar como válido, ¿qué necesidad había de impedir la votación empleando la violencia contra personas en clara actitud pacífica que, recordemos, sólo pedían votar para poder expresar una opinión? No estaban en proceso de separar Catalunya de España, estaban en proceso de expresar una opinión. A mi humilde entender, la orden dada a los agentes de policía evidencia muy poca coherencia, así como una manera de proceder que se preocupa más por su imagen de poder que por la ciudadanía.

Y después de esta conmoción sigue la frustración, porque por más que lo intento hay muchas cosas que no comprendo (sólo es una manera de hablar; en realidad, entiendo perfectamente de dónde surgen y qué persiguen).

No comprendo que su Gobierno, señor Rajoy, se empeñe en negar la celebración del referéndum. Yo estuve allí, y dentro de la legalidad o no, se celebró. ¿Por qué negar su existencia? ¿No sería más cercano a la verdad admitir su celebración pero negar su validez legal?

No comprendo que haya quién siga hablando de minoría para referirse a los más de dos millones de personas que están a favor de la independencia. Además, hay muchas más personas que están a favor de celebrar un referéndum legal y pactado.

No comprendo que se acuse de seguir tácticas nazis a las personas que fuimos a manifestarnos para protestar por la innecesaria violencia policial. Igual que cada vez que se intenta vincular a los partidarios de la independencia con el terrorismo, son acusaciones muy graves que sólo buscan lo que he señalado antes, crear un enemigo. No lo haré aquí porque extendería la carta de forma exagerada, pero recomiendo acudir de nuevo al diccionario de la Real Academia Española y buscar los términos “nazi” y “terrorismo” y analizar seriamente qué tienen que ver con los independentistas catalanes o manifestantes pacifistas.

No comprendo que, para justificar la violencia empleada contra personas que estaban sentadas en el suelo, se hable de “mantener los derechos y libertades de los españoles”. Por más que lo intento, no consigo ver una relación entre una separación política de territorios y que todos los españoles puedan ejercer derechos básicos como la libertad de expresión, libertad ideológica y religiosa, a moverse por el territorio nacional o tener derecho a la libertad y la seguridad, por poner sólo algunos ejemplos.

No comprendo que haya señores que se dediquen a difamar las escuelas de Catalunya afirmando que en ellas se enseña a odiar a España. Dudo que quien hace tales afirmaciones haya puesto nunca un pie en una escuela de Catalunya, pero yo sí, y puedo asegurar que, a mí, en la escuela, nunca me enseñaron tal barbaridad. Y que en la escuela de mi hijo tampoco enseñan a odiar. Ni a España ni a nadie. En realidad, se esfuerzan por inculcar unos valores de convivencia que, estos días, algunos se están cargando de un plumazo.

Disculpe, señor Rajoy, si mis siguientes palabras resultan muy críticas y no le gustan, pero necesito ser franca con usted: me molesta profundamente el lenguaje que usted, su partido y sus socios utilizan. Se trata de un lenguaje simplificador, que tergiversa expresamente la realidad y que sólo busca lo que antes mencionaba: crear un enemigo.

También me frustra hasta límites insospechados, señores Presidentes, que lo único que hagan ustedes y sus socios después de lo ocurrido sea culparse mutuamente. Los dos han jugado a la estrategia de crear un enemigo y, por lo tanto, los dos son responsables. Bueno, señor Rajoy, no puede negar que, como máximo representante de su partido, la responsabilidad final de lanzar a la policía contra los votantes el día 1 de octubre es suya. Ahí, la balanza de la responsabilidad se decanta más hacia usted.  

Finalmente, me resulta especialmente descorazonador que la justicia española ningunee literalmente a los centenares de personas heridas, convirtiéndolos en un simple porcentaje. La justificación es que las acciones policiales no alteraron la convivencia ciudadana. A mi entender, más que nunca se justifica que la Justicia es ciega, porque es incapaz de ver que, después de los sucedido, a muchas personas nos va a ser difícil ver un coche de la Policía Nacional o la Guardia Civil y no tener ganas de salir corriendo. No vamos a percibir a los agentes como funcionarios que trabajan para garantizar nuestros derechos y libertades, sino por agentes que están aquí para que estemos callados al ofensivo ritmo de “a por ellos, oé”. Es una cuestión puramente emocional e injusta hacia muchos agentes de policía, pero soy consciente y admito de que me va a costar controlarla. Como he señalado, estoy convencida de que esto le va a suceder a muchas personas. A mi entender, los hechos del día 1 de octubre sí han alterado gravemente la convivencia. No puede ser que unas fuerzas de seguridad que trabajan para la ciudadanía sean percibidas como fuerzas represoras.

Para acabar, viendo el devenir de los hechos, he entrado en un estado de profunda preocupación. Los dos siguen enrocados con sus respectivos objetivos y su estrategia, y las posibles consecuencias finales me hacen temblar. Empiezo a temer que esta situación acabe provocando presos políticos, supresión de derechos fundamentales, heridos graves e incluso víctimas mortales. Y, disculpen si estoy juzgándoles antes de que suceda nada, también me temo que su reacción también será culparse mutuamente. De verdad que espero estar exagerando las cosas en mi cabeza y que nada de esto suceda. En cualquier caso, permítame que le señale, señor Rajoy, que al menos el señor Puigdemont está dispuesto a aceptar una mediación.

Mis conclusiones finales a todo esto me parecen tristes.

Señor Rajoy, resulta difícil no acabar decantándose por el sí a la independencia cuando su estrategia pasa por tratar mi comunidad autónoma como un enemigo al que reducir. Y, cuando nos quejamos, no escucharnos y enviar a agentes de policía como una arma política para asegurar nuestro silencio. Sé que hay muchos políticos y ciudadanos españoles que no están de acuerdo con usted, por lo que sé que el problema no es España, sino la manera de hacer de su partido político y otros socios suyos. Pero me consterna ver lo bien que le funciona su estrategia de captación de votos, tanto que en caso de elecciones temo que volverían ustedes a salir vencedores. Y viendo su manera de proceder, la idea de quedarse en España resulta muy poco atractiva.

Señor Puigdemont, suponiendo que finalmente consiga la independencia que tanto desean, sin duda habrá la oportunidad de construir un nuevo país, pero me temo que no me voy a sentir especialmente orgullosa o satisfecha de cómo se ha creado. Además, me temo que no voy a ser la única que se sienta así y, en el caso de las personas que no desean la independencia, su malestar será considerable y puede generar problemas de convivencia. Mi sensación es que saldremos de las Dos Españas para entrar en las Dos Catalunyas.

Que esta sea mi postura respecto al lugar donde vivo me parece, definitivamente, muy triste.

Para acabar, les planteo mi conclusión final.

Señores Presidentes, dimitan por favor. No uno para que el otro pueda presumir de haberlo hecho mejor, sino los dos. Convoquen una rueda de prensa, cuenten hasta tres y díganlo a la vez: “Dimitimos”. Han provocado una crisis sin precedentes y ya no son interlocutores válidos. Por una vez, que alguien en este país dé ejemplo y asuma sus responsabilidades. Admitan que han metido la pata, soliciten un mediador (¡por favor, señor Rajoy!) y den un paso atrás.

Después, quizá podrían dedicar sus esfuerzos a hacer algo que ninguna administración de este país ha intentado seriamente en los últimos cuarenta y un años: derribar los tópicos y prejuicios sobre unos y otros. No a través de la crítica, porque a nadie le gusta que le critiquen, y en los medios de comunicación y redes sociales es lo único que vemos, sino a través de la educación y el conocimiento.

Sé que nunca leerán esta carta. ​Suponiendo que la leyeran, les agradezco mucho su atención, aunque me inclino a pensar que caería en saco roto, posiblemente descartada con un “las cosas no son tan sencillas”, “hay que cumplir la ley y punto” o “es la voluntad del pueblo”. Porque he descubierto, después de casi cuarenta años de vida, que en este mundo en realidad hay muy poca gente que tenga ganas de entenderse con el vecino. Es más fácil creer o hacer creer, por intereses propios, que hay un enemigo contra el que luchar.  

Atentamente,
Amèlia Mora